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domingo, 19 de abril de 2015

La VII Cumbre de las Américas en Panamá y el olvido de Obama

Curarse del olvido

Carol Murillo Ruiz

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Cuando decimos América, en el presente, decimos muchas cosas y una sola: un continente virgen. ¿Por qué un continente virgen si esa palabra además nos remite a una referencia de pecado y de castigo? ¿Por qué entonces repetirlo, un continente virgen? Cuando llegaron los conquistadores a las tierras del supuesto oriente, todo aquí era increíble, salvaje, puro, natural, verde y azul, blanco y canela. Así nos dicen los documentos escritos por aquellos que tuvieron que dar cuenta a la corona de sus hazañas de dominio y sujeción, de estupor y de aniquilamiento. Así nos dice la historia fantástica de los relatos de aquellos que no podían con la sorpresa de ver, sin medida, unas tierras nuevas y maravillosas. De tal espasmo solo han pasado quinientos años. Ningún continente tiene una historia tan corta y tan manoseada; ningún continente tiene una historia tan corta y tan retorcida en los libros del vencedor.

Por eso cuando -en la reciente Cumbre de las Américas- el primer presidente negro de los Estados Unidos tira hacia un lado la historia, enseguida advertimos que lo que él concibe como historia es una recopilación de datos crueles pero no de condiciones crueles (y digo crueles para utilizar un término nada sociológico). Su pragmatismo le obliga a revisar datos y cambiarlos por otros datos. He allí su destreza política, su positivismo del instante, del instante del pasado. No debería de asombrarnos. Los datos, al fin y al cabo, son el triunfo de la razón occidental.

Continente virgen y datos crueles son apenas las caras de una misma moneda: el olvido. Sí, el olvido individual y colectivo. Obama, al revés, nos dio una clase de alienación personal que debería avergonzar a quienes vieron o vimos en él un punto de inflexión en la historia de un país que vivió la esclavitud y tardíamente la abolió. Entonces, ¿Obama es un hombre libre? Quizás los hierros del presente tienen la virtud de ser invisibles e impalpables; pero su discurso en una Cumbre que tenía como tema central empezar el pacto del desbloqueo a Cuba se vio relativizado por un dato cruel: Obama es cautivo de su referencia. ¿Cuál es su referencia? El futuro. Trabaja para el futuro. En esa concepción tan lineal de la historia no se puede mirar atrás, no se debe mirar atrás. Su propio triunfo personal –llegar a la presidencia de una potencia- siendo negro es la mayor prueba de que el pasado ha sido superado. Pero todos sabemos que su triunfo, regodeado del voluntarismo filosófico que sustancia su manera de estar en el mundo, tiene una acumulación de condiciones históricas que superan en grado sumo la creencia popular de que todo es posible cuando se tiene voluntad.

¿No han tenido voluntad los cubanos para entenderse en el mundo como una isla soberana que requiere relacionarse con todos los países del orbe para crecer y progresar? O, ¿acaso la voluntad de Cuba es distinta a la voluntad de Estados Unidos en los albores de una globalización –post caída del muro de Berlín- que a fines del siglo XX aún controlaban? Pues no. El voluntarismo no es una categoría en las relaciones internacionales de ayer ni de hoy. Y tampoco es una categoría de la historia general del mundo y menos de las relaciones económicas del tercer milenio. Por eso, el momento clave de la cumbre de Panamá no se debe a la voluntad de Obama, se debe a condiciones históricas distintas en nuestro continente y en otros continentes, muy a pesar del supuesto inmovilismo historiográfico de Barack Obama.

Así, las interpretaciones que hoy tenemos de lo que un día fue la bipolaridad y luego la unipolaridad, siempre jugando con la idea de la hegemonía de Estados Unidos, hoy son valoraciones históricas que permiten entender mejor por qué otras potencias activan el ajedrez del escenario global e impiden que el antiguo hegemón siga modelando el mundo aunque tenga aliados de su misma calaña en otros lares. Por tanto, persistir en el aislamiento y embargo económico a Cuba ha sido el peor abuso estadounidense en nuestro hemisferio. Y lo ha hecho precisamente porque donde hay luchas sociales históricas, la potencia solo ve cifras delictivas y armas de grueso calibre, y donde hay líderes y movimientos emancipatorios, la potencia solo ve sedición y terrorismo. No observa la historia, detecta el delito.

Y entonces vamos sabiendo ya por qué somos un continente virgen: porque no tenemos historia, es decir, porque no tenemos derecho a inspirarnos en nuestra propia historia continental… aunque esa historia, según la cifra oficial de los años cristianos, tenga como límite los quinientos años de conquista, colonización, independencia y pretendida neocolonización. Quinientos años que debemos borrar porque no nos hace bien recordar los datos crueles del pasado. Ironía de las ironías.

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Hace pocos días murió Eduardo Galeano. El autor de “Las venas abiertas de América Latina”. El capital social e histórico de la izquierda latinoamericana. ¡Cuánto le debemos a Galeano! En primer lugar, le debemos la proeza de ablandar poéticamente el lenguaje de los sabios de la academia y que nos acercara al dolor y a las luchas populares. Y cuando digo dolor no hablo del victimismo sino de la fuerza social de los que solo tienen dignidad y ética para luchar.

En segundo lugar, le debemos que nos refiriera la historia sin la etiqueta de los tribunales científicos y que en su prosa también pudiéramos ver el signo del tiempo que le tocó vivir. O sea, un día escribió con la retórica clásica de una izquierda desesperada por dar a conocer las fechorías de los vencedores, y otro día escribió con la poesía que el fútbol le otorgaba a su ojo y a su pluma. O sea, un día escribió del desangre de una región y otro día escribió de la esperanza que subyace en toda tragedia colectiva.
Los dos sucesos, ya lo ven ustedes, nos remiten sin más a la historia. Al recuerdo. A las ganas de evocar aquello que nos hizo fuertes y sabios. A aquello que heredamos quizás sin merecerlo.

Por eso, a América Latina y el Caribe no le puede caer la peste del olvido. Y no puede caer en la liviandad de recordar para no repetir las equivocaciones. Si nuestros antepasados acertaron o no en sus luchas, ¿por qué nosotros no podemos errar? Lo terrible sería no renovar la lucha, no desacralizar la espesa normatividad del poder que nos dice incluso qué debemos recordar y qué debemos relegar. ¿Qué sería de nosotros si solo recordáramos las desdichas y qué sería de nosotros si solo recordáramos los laureles? ¡Seríamos sólo llanto o solo risa! Y lo extraordinario es ser llanto y ser risa.

Lo vital es recordar cómo se montan las desgracias, los crímenes y el aniquilamiento de lo humano. Lo vital es ver en nuestros países el modo en que la política delinea y potencia las fuerzas sociales que batallan en todos los campos de la vida. Lo vital es explorar los límites del poder y aprovechar las fisuras de su ideología.

A propósito, Obama también dijo que no quería estar atrapado en la ideología (a partir de su insistente mirada en el futuro). Recalcó que le “interesa el progreso y los resultados”; incluso dijo que “no le interesan las argumentaciones teóricas” para explicar o demostrar las injusticas que hay en nuestros países. Pues bien, lo que siguió fue una proclama ideológica de su visión de progreso, es decir, la ecuación liberal más simple: problema y solución.

A lo anterior se une la última genialidad de la visión norteamericana (y de la derecha continental) que buscar inducir a creer que nosotros –los pobrecitos latinoamericanos- hemos inventado un chivo expiatorio (Estados Unidos) a fin de justificar la incapacidad que tenemos para gobernar nuestros estados y proveer de prosperidad a nuestros pueblos. ¿Estados Unidos un chivo expiatorio? Lejos estamos de los rituales de sacrificar un chivo para exculparnos de las desgracias habidas y por haber. Todos sabemos aquí que América Latina y el Caribe es una zona de riquezas naturales y sociales, y, justamente por ello, si volviéramos los ojos a la corta historia que tenemos, sabríamos que el afán de controlar y disponer de esas riquezas es lo que agita a un imperio o a otro, aquí y acullá, en cualquier punto de la dinámica de la política, de la guerra o, más simplemente, de los mercados del lucro, del lujo y de la muerte. Léase, entre otras cosas, el narcotráfico y la droga. Un asunto que de manera didáctica lo presentó la presidenta Cristina Kirchner, como un parteaguas entre la labia de la cooperación y el progreso de Obama y la realidad de un negocio que se regodea en el mercado del consumo y el lavado de dinero que facilita el mundo desarrollado.

Así, Obama habló para la galería mediática que sigue su discurso como una receta democrática libertaria e imparcial. Y nos lanza la chuzada del chivo expiatorio para esconder su rol injerencista desde que las otrora trece colonias se transformarán en una potencia sin escrúpulos.

La VII Cumbre de las Américas fue escenario también para tomar la temperatura política de las derechas latinoamericanas cansadas de una década de pérdidas electorales y el afianzamiento de gobiernos identificados con la reforma de sus Estados y el establecimiento de políticas públicas reales. Parecía que inventaban el agua tibia. Conscientes de que la tribuna de la Cumbre estaba contrapesada por líderes que como nunca dicen las cosas por su nombre, idearon una cumbre paralela para mostrar su beligerancia y su fanatismo por el neoliberalismo perdido. Parecía que querían repetir los triunfos de los movimientos sociales que en las primeras cumbres, aquellas que quisieron imponer el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas), bloquearon el servilismo de los gobiernos de Menen, de Fujimori, de Uribe y de otros innombrables oligarcas de los países de antaño. ¡Y las cadenas mediáticas se ufanaban de reproducir el pluralismo del fanatismo!

3

Quizás debamos saber, a estas alturas, que los imperios sí leen la historia. Leen la historia que les enseña a arrasar con la cultura y la economía de las pequeñas y grandes poblaciones humanas en todos los estadios de las civilizaciones en oriente u occidente. Leen la historia del desarrollo de las armas, de la topografía social, de la psicología colectiva. Leen la astucia de los insignificantes y los nadies, como diría Galeano. Allí se reviste su poder y su inteligencia selectiva. Y usan lo que les conviene y lo que les demanda el futuro, ese futuro que tanto obsesiona a Obama y que es farol de su imperio gracias a su nuevo esclavismo individual: el olvido selectivo.

Y quizás debamos saber también, a estas alturas, que nosotros debemos releer la historia, nuestra historia. Leyéndola aprenderemos que hay miles de poblaciones, pequeñas y grandes, a lo largo de todos los estadios históricos, que nunca se dejaron devastar por el poder y que crearon una praxis de la resistencia que pronto se convirtió en estrategia de guerra. Y algo más: que nuestra vocación por la paz no nos haga olvidar de la opción de la guerra, cuando sea necesario.

Ojalá volvamos a Galeano no en un sentido nostálgico y culposo sino en un sentido ético de lo colectivo. Una ética social que cruce, de palmo a palmo, nuestra nueva historia y nos cure del olvido y de la paz de los sepulcros. Se lo debemos a esa América color canela que no es virgen ni es amnésica.



jueves, 5 de marzo de 2015

A dos años de la muerte del Comandante Hugo Chávez, quiero recordar su figura histórica.

Artículo publicado originalmente en diario El Telégrafo en su edición del 20 de diciembre de 2013.

Hugo Chávez no fue una anécdota de la historia


Por Carol Murillo Ruiz

1

Cuando Hugo Chávez apareció en la escena política venezolana nadie hubiera creído que luego de 15 años su influencia y su predominio cambiarían la historia de ese país y, sin duda, la de América Latina. El transcurso de 2013, luego de su muerte, y esbozando una aproximación de lo que ha sido su legado, confirmó que fue él quien recuperó para la izquierda regional –en todas sus versiones- el lugar de la política que el neoliberalismo había confinado sin recato. Tanto Venezuela como sus vecinos habíamos vivido durísimos períodos de ajustes y nuestras economías dependían de políticas externas urdidas en organismos supranacionales.

Por supuesto, cuando Hugo Chávez irrumpe –primero con la insurrección militar y luego ya como candidato ganador- aún generaba sospechas; la propia izquierda, depositaria de ritos antimilitaristas, no captaba bien qué traería consigo un ex oficial de verbo fácil y exótico. Con el tiempo aprendimos que definir a Chávez como un líder exótico –superponiendo los prejuicios que sobre el Caribe asume la cultura hegemónica- implicaba también reproducir los valores discriminatorios de los cronistas del establishment. Por eso, si algo tuvo Chávez, para los latinoamericanos de fines del siglo XX y principios del XXI, es que siempre se encargó –sin proponérselo- de invitarnos a conocerlo y a conocernos, en las analogías y en las diferencias, es decir, y mirado en retrospectiva, Chávez se estaba formando en las artes políticas poco a poco y sin tregua, y desde ahí sus aprendizajes fueron genuinos y valiosos. ¿Por qué? Cuando una tiene la paciencia de observar su camino individual, ya sea en discursos, entrevistas, reflexiones, incluso en los chistes de sus largas alocuciones, se puede advertir que Chávez fue refrescando y sustentando, con lecturas y realidades, su perspectiva de lo político y lo social. Y solamente la profilaxis permanente de su estilo político le facilitó el discernimiento histórico de los problemas estructurales de su país, de la región y del mundo.

2

Es importante recordar que el Chávez de 1992, el de la asonada militar, tenía 38 años y mínimas destrezas políticas. Y lo más decidor de aquel tiempo: solo 3 años antes había caído el muro de Berlín y un año antes hundido la Unión Soviética. Eran los años en que el fantasma de la muerte de las ideologías recorría el mundo y el capitalismo se erigía como el único sistema que podía ordenar y reproducir la vida. Los liberales de todo color se tomaban los medios y las élites nacionales y transnacionales se creían más dueñas de los Estados que nunca. 

Tuvo que pasar casi una década –con cárcel de por medio- para que Chávezvolviera a la palestra con una promesa de emancipación verdadera. Era 1999. Se fortalecían las teorías del ‘fin de la historia’ e incluso las izquierdas no sabían desde dónde apuntalar un discurso a contracorriente de aquello. En ese contexto, Chávez lucía sospechoso y raro: hablaba como la antigua izquierda, pero con los tereques de los usos sociales más populares, o sea, hablaba ‘en venezolano’. Y eso chocaba. Le chocaba a la izquierda y a la derecha. A la izquierda, entonces, le valía un comino lo que hiciera Chávez; no lo tomaban en serio. Y la derecha, la de su país, creyó a pie juntillas eso de que ‘nadie es profeta en su tierra’, y desdeñó la curtiembre social de un hombre sin ilustre pasado. Pero era 1999 y solo en ese año hubo 2 hechos claves en Venezuela: la instalación de una Asamblea Constituyente y la expedición de la nueva Carta Constitucional. Dos decisiones validadas en las urnas. Había empezado la auténtica causa chavista.

Pero fue solo después del intento de golpe de Estado contra Chávez, abortado por el pueblo y por militares leales, en abril de 2002, cuando por fin una gran mayoría de ofuscados regresa a ver a ese hombre que asumía en serio absolutamente todo. Dentro y fuera de Venezuela ese ‘primer golpe mediático’ -a pesar de ser fallido- alertó sobre la audacia de los cálculos desestabilizadores de los sectores antichavistas que desconocían la democracia.

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El chavismo avanzaba y a esas alturas supimos varias cosas: el neoliberalismo hacía agua, los partidos implosionaban, los movimientos sociales ocupaban el territorio de la izquierda ideológica pero no partidista, la ciudadanía adquiría voz y compartía demandas sociales colectivas y el raquitismo estatal requería asistencia urgente. En pocas palabras: era ineludible recuperar la política y el valor de las ideologías; acercarse a las nuevas dinámicas sociales y articular las reivindicaciones ciudadanas. Otras realidades exigían otras comprensiones y enfoques. Ningún viejo recetario valía.

Cuando arribamos a la segunda mitad de la primera década del siglo XXI, el poder mediático transnacional ya no se burlaba del Chávez exótico ni de sus delirios. Lo repudiaban pero lo respetaban. Y, además, otros líderes estaban ganando elecciones en América Latina, con talantes distintos pero con ideales parecidos. El fenómeno Chávez había mutado a tendencia. ‘Gobiernos progresistas’, ‘izquierda buena’ o ‘izquierda mala’, decretaban medios y políticos. La consigna era sellar diferencias y distancias. Sí, Chávez era grande pero dogmático. Sí, Chávez era joven pero envejecido por la amistad con Fidel Castro. En fin, se creó la matriz del: ‘sí, pero…’.

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Así, es clave decir hoy que el eclecticismo político de Hugo Chávez fue expresión legítima de ese nuevo tiempo. No había que encasillarlo; pero muchos lo hicieron basados en el reconcomio ideológico, en la militancia dogmática y en el interés transcapitalista. Ergo, tanto Chávez como Venezuela devinieron en un prototipo de democracia –política y económica- para pensar, in situ, la emergencia de procesos sociales insospechados. Igualmente, después, seríamos testigos de un discurso y una praxis que transformarían la geopolítica regional: la integración. Chávez miró hacia dentro (Venezuela) y hacia afuera (Latinoamérica), y hacia todos los costados (el mundo). Con gran talento sintonizó las variables del nuevo orden global y diseñó una ruta para la región: integración, integración, integración. Y fue escuchado.

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El día de su funeral todos recibimos una clase de geopolítica. Allí estaba el mundo que él ayudó a reconfigurar. Estaban quienes un día lo narraron como un bufón del Caribe. Estaban quienes intuyeron que el populismo no es la categoría del desprecio sino la forja social de quienes tienen voluntad de saber y de poder. Estaban quienes lo amaban.

Hoy echamos en falta su palabra. Poco menos de un año ha servido para que sus enemigos sigan descalificando la superior proyección política de Chávez. En su tierra, porque se ha revivido una guerra económica contra su sucesor con el único lema de que el chavismo no es viable… y menos sin Chávez. Y en la región, porque hay una apuesta política que intenta situar en el imaginario social la terrible idea de que Chávez fue una anécdota de la historia del petróleo y no parte de la otra historia latinoamericana: la que se resiste, la que se levanta, la que lucha, la que da ejemplo.

Hoy, mitificar a Chávez no es bueno para nadie. Pero es inaplazable reconocer y considerar sus acciones políticas a lo largo de 15 años; aquilatar el cambio que su figura propició en una región que habla la misma lengua pero soporta el mismo asalto del capital; emular el ímpetu que sembró en su pueblo y que hoy ninguna campaña puede opacar a pesar de los inflados lapsus linguae de Maduro. Es el legado político total de Chávez el que hay que redimir, la manera en que hizo añicos una tradición de apatía y resignación social, la potencia de un liderazgo irreductible al cacareado populismo de los cultos.

Echamos de menos a Chávez precisamente porque su quehacer cambió la realidad y ese cambio nos interpela y despierta. Es imperativo preguntarse hoy, sin remilgos, en cada rincón de injusticia: ¿qué estamos haciendo con todo el ejemplo de Chávez?

México, DF, 20 de diciembre de 2013.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Otras consideraciones sobre el incidente entre Rafael Correa y Jaime Guevara


También lo puede escruchar en audio aquí: 
http://www.goear.com/listen/469f644/malas-senas-aqui-alla-carol-murillo-ruiz

Malas señas aquí y allá

                                                   Carol Murillo Ruiz

El malhadado incidente entre el presidente Rafael Correa y el cantautor Jaime Guevara me llevan a pensar en las razones que encierran el insulto de las malas señas y la descalificación referida al vicio. En ambas expresiones subyace una forma muy arraigada de moral social y un trasfondo de hipocresía colectiva.

Lo que predomina es que el insulto de las malas señas y palabras casi siempre se “ubica” en la zona genital humana. El lugar genital es el lugar moral de la sociedad. Y humillar al otro apelando a una suerte de segunda degradación de la zona genital, da cuenta de un emblema moral muy extraño.

Ya sabemos que las malas señas y palabras no son tales por sí mismas sino por esa especie de hermenéutica social que permite purgar la libertad humana, determinando conductas inadecuadas y reprimibles. O sea, un mínimo lenguaje moral como dispositivo de condena y, a la vez, de disciplinamiento.

Pero quizás lo que más impulsa mis reflexiones sobre el insulto y las malas señas, es precisamente el del dedo medio y/o aquel de la famosa yuca. (A esto habría que añadir los agravios verbales más comunes: “cara de verga”, “vales verga”, “chucha de tu madre”, “hijo de la gran puta”, etc.). Todos arrebujados en la sombra del morbo, es decir, esa escatología socio-oral que a unos repugna por ramplona y a otros eriza porque la condición humana hace esfuerzos por dañarse a sí misma. 

Si alguien hace la seña del dedo medio como una actitud de protesta, de irreverencia, de mostrar el poderío fálico que somete y desgarra, de diseñar con la mano la verga que lo pondrá en su lugar, es porque damos por sentado que el injuriado, hombre o mujer, distingue de golpe el código y se siente efectivamente humillado y abochornado, y, al sentirse así, reacciona. Es aquí, entonces, cuando el insulto, la tara básica contenida en él, triunfa. 

Pero, ¿qué lleva a quien dibuja el falo erguido del ajusticiamiento, a repetir la afrenta en diversos espacios de la vida social? ¿Por qué hombres y mujeres, cuando las iras fluyen, exhiben el dedo medio o vuelven uso habitual el “qué chuchismo” o el “me vale verga” para supuestamente re-semantizar el lenguaje como imprecación del orden establecido? ¿No será esa vía una forma de normalizar una variante del machismo (e incluso de la homofobia) cuando usamos la simbología del órgano genital masculino para humillar al otro? ¿Alteramos realmente la base del poder cuando señalamos con el dedo erecto a Rafael Correa? ¿Y por qué el mandatario, además, interpela desde el honor ese hecho? 

Por supuesto, el Presidente reacciona porque es parte de esa moral social general que, consciente o no, potencia para mal el gesto del artista. Pero los dos pertenecen (y nosotros también, por cierto) a ese universo moral del escarnio, trasmitido generacionalmente en la casa del pudor y las buenas maneras. 

Y digo algo más: si el uno utiliza una seña que afirma y legitima las lacras del macho, de la “bayoneta” en alto contra el poder, o sea el falo justiciero, entonces el otro descifra el asunto desde una inveterada hombría y, además, abriendo un viejo escenario moral: son los vicios (aunque no sean reales) los que llevan a cometer una “seña obscena”. Semejante dialéctica del dedo justiciero por un lado, y, del vicio individual por el otro, deviene en un diálogo de sordos, porque, en última instancia, lo que se defiende no traspasa los límites de la moral social admitida. 

Y me sigo preguntando: ¿No hay otros recursos para disentir? ¿No se le hace una alegoría gratuita al falocentrismo que mucho se repudia en algunos sectores progresistas? ¿Podrá Correa un día, no muy lejano, desligarse de sus propios duendes de púlpito?

Sea lo que fuere, me parece un triste terreno para pensar y movilizar la política; en tiempos de tantos cambios y de tantas luchas que pueden y deben iluminar el futuro.


México, DF, 4 de septiembre de 2013.

miércoles, 7 de agosto de 2013

La muerte del Chucho Benítez



Ay, el Chucho…

Carol Murillo Ruiz

Me he preguntado todos estos días por qué el ritual de la muerte del Chucho Benítez tuvo tanta resonancia al nivel local y mundial; por qué la noticia recorrió el camino de la pólvora y se convirtió en una especie de explosión que alumbró, durante casi una semana, los claroscuros de una actividad –el fútbol profesional- que el oasis del capitalismo más depredador delimita: cada jugador tiene poco tiempo para ser adecuadamente explotado. Y cómo, asimismo, si ese futbolista cumple todas las reglas –dentro y fuera de la cancha- puede llegar a parecerse a esa mercancía del pasado y del presente llamada Pelé

Resulta que el Chucho muy pronto dejó de ser un jugador local y pasó, con méritos, a formar parte de esa red de futbolistas que alcanza los estándares internacionales del mercado del balompié; y si a eso sumamos las múltiples biografías del bien que empezaron a llenar los espacios de los mass media, pues tenemos a un héroe contemporáneo, es decir, aquel que, saliendo de la nada, de la exclusión, del abandono, de la penuria material, se yergue sobre el mundo para redimir su pasado pero sin renegar de él. Porque, además, dentro de esa biografía del bien -trazada con esmerada procedencia cristiana- se destaca que la obra social del Chucho era una prueba de altruismo que le permitía volver a sus orígenes y nunca doblegarse a la ambición de la plata ganada en los partidos.

Y justo en esto pensaba cuando me asaltaron nuevas preguntas: ¿está bien que un jugador gane sumas astronómicas de dinero por dominar una pelota con maestría y belleza?; ¿está bien que en los circuitos del capitalismo moderno se hayan creado actividades que separan la virtud de jugar como dioses de otras tareas que requieren (de sus hacedores cotidianos) “habilidades menores” o en directa relación con el arte, el conocimiento, el oficio, la ciencia, la profesión liberal o la faena doméstica?; ¿está bien que nos rindamos extasiados al producto de una operación financiera y cultural, calculada tan al detalle que encandila sin tregua –incluso en el ceremonial de la muerte- gracias a los reflectores mediáticos?; ¿está bien que adoremos al niño pobre/hombre rico que no se desvía ni se enceguece con el éxito y que, ¿despojado de las vanidades del sistema?, toma la disciplina como opción liberadora en un ámbito de imparable y feroz competencia?; en fin: ¿está bien que asumamos, además, que el efectismo mediático de hoy, sin asomo de crítica, perfecciona y recrea la construcción de las identidades de sociedades carentes de figuras que no contrastan (iluminando) su origen y su destino?; ¿no nos habremos sometido ya, sin querer queriendo, al precio de todo y al valor de nada como decía Wilde?; ¿no estaremos sacramentando las oportunidades que el buen capitalismo ofrece a todos y, nosotros, tan débiles y tan descuidados, no las apreciamos?

Es posible que el hecho de que Cristian Benítez viniera de una provincia ecuatoriana preterida, y que su color de piel nos recordara las afrentas de la historia, fueran las razones por las que nos rendimos a su ejemplo y, también, al dolor de su muerte. 

Sin embargo, si no tuviéramos televisión, ni radios, ni papeles impresos, ni biografías del bien, y solo contáramos con canchas de tierra, patios de chozas rurales, estadios de pueblo, estadios de capitales y puertos, calles sin pavimento para pelotear, y allí estuviera, otra vez, el Chucho, sin luces, sin fotógrafos que se roban su alma de muerto ya plantado en el ataúd, sin hinchas que putean al negro porque se le escapó un gol, sin la epidemia de la multitud que ama y odia al mismo tiempo y en el mismo lugar, sin barras que gritan rabiosas su malquerencia, quizás entonces, sin tanto ritual mortecino, la partida de un hombre como el Chucho recobraría -con justicia- la grandeza de su origen… y no solo –una vez muerto- repulsivos golpes de pecho en los viudos del mercado y en la dúctil clientela futbolera.

México, DF, 6 de agosto de 2013.

 

lunes, 12 de noviembre de 2012

Los diálogos de paz para Colombia


La violencia colombiana

Carol Murillo Ruiz

    En 1967 el sociólogo colombiano Orlando Fals Borda escribió un libro que cambió radicalmente la comprensión del fenómeno de la violencia en su país. “La subversión en Colombia” ha sido un texto que no solo explica –lo digo en presente- y analiza situaciones históricas concretas, tales como las ocurridas en esa nación durante siglos, sino que es una radiografía social de las taras que el poder incuba en el imaginario maniqueo de ver conflictos solo allí donde no se implanta el orden impuesto desde arriba.

    Por eso, al leer la entrevista que ayer publica El Telégrafo -http://www.eltelegrafo.com.ec/index.php?option=com_zoo&task=item&item_id=60720&Itemid=2- a los delegados plenipotenciarios de la paz de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas, apostados en La Habana, pensé que era necesario acercarse a sus razones no desde el pacifismo que pregonan las iglesias políticas, acostumbradas a menospreciar la palabra de los pobres, de los hambrientos o de los insurgentes, sino desde la atalaya que brinda la observación atenta de la historia, es decir, sopesar la acción de los sujetos sociales y políticos, y medir los discursos del poder traducidos en campañas mediáticas, manifiestos institucionalistas o exhortaciones para preservar el statu quo.

    Hoy a nadie le gusta pensar, a priori, que la violencia es un camino para conseguir niveles aceptables de justicia o la garantía del cumplimiento de derechos para todos. Pero una gran cantidad de libros y documentos que muestran la marcha de la humanidad, aquí o en cualquier punto del planeta, están repletos de luchas y rebeliones, de órdenes y desórdenes, de vida y de muerte. El orden social, todo orden social, ha sido instaurado -en cada fase histórica- por la fuerza de acontecimientos que rompieron la disciplina asignada por el poder a las clases desposeídas. Y, la potencia de esos hechos, dependiendo de la conciencia y los recursos materiales y espirituales de la lucha, fue transformando el mundo. Un mundo que hoy nos parece, en muchos lados, menos injusto y mejor organizado.

    El caso colombiano es complejo porque, en realidad, los actores son cuatro y no solo dos como pretende fijar el poder en Colombia. Esos actores son: Estado, Guerrilla, Narcotráfico y Paramilitares. Los he separado de este modo para exponer mejor mi punto de vista.

    Así, la idea de condensar en las FARC el tema del narcotráfico es maliciosa. Primero, porque habría que partir del problema de la violencia como una cuestión estructural de dicho país. O sea, la violencia atraviesa al Estado, a la Guerrilla, al Narcotráfico y a los Paramilitares. Segundo, porque ninguno de esos actores funciona con una absoluta autonomía política y social. Los cuatro responden a una realidad histórica más amplia y enredada. (Realidad matizada por los intereses de los grupos económicos que manejan las mejores cuentas dentro y fuera de Colombia).

    Ergo, el Estado, eje rector de todo país moderno, tiene una responsabilidad capital en la historia de la violencia colombiana. Es imposible decir hoy que el narcotráfico ha crecido allí solo por la conveniencia guerrillera o por la descomposición de los campesinos que siembran coca. Las fibras que mueven el devenir colombiano tienen al Estado como articulador de intereses y desde allí se genera una coerción política y bélica que se desparrama hacia los sectores insurgentes con más frenesí que la aplicada a narcotraficantes y paramilitares. La violencia institucionalizada tiene tanta fuerza que una lectura unívoca sobre su raíz no ayuda a ver la paz como una necesidad global de la geografía colombiana. Por eso, esta vez, los diálogos por la paz tienen un cariz diferente: el sinceramiento de que la violencia no puede ser desterrada si la institucionalidad no reconoce que su rol es débil para conciliar las diversas demandas de la sociedad colombiana. Y las demandas o supuestas certezas no se concentran en ver a la guerrilla de las FARC como la encarnación del mal, porque suficientes muestras ha habido, sobre todo en el régimen de Álvaro Uribe, de que el fascismo militar no es la opción para asumir la tarea de reconstruir a un país luego de más de medio siglo de injusticias sufridas principalmente por los más pobres.

    Los diálogos por la paz, que sientan a la mesa a la guerrilla y a la delegación de Santos, configuran también una apuesta para que la institucionalidad que sostiene a su gobierno, aísle y señale las responsabilidades del narcotráfico y los paramilitares en la atmósfera de guerra que hostiga los cuatros costados de Colombia. Es decir, no se debe mezclar, por provecho político, a las narco-mafias locales y transnacionales con los imperativos de la paz.

    Ojalá más pronto que tarde se comprenda que la violencia acumulada en Colombia es el corolario histórico de factores de poder y de la sumisión social planificada desde allí. Y que el silenciamiento de las armas, las institucionales y las insurgentes, será la derivación del cambio real de las condiciones actuales.

Quito, 9 de noviembre de 2012.